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4 formas de influir la vida de los estudiantes
Podría decir, sin temor a equivocarme, que uno de los anhelos más grandes de cualquier educador es poder influenciar a sus estudiantes. Queremos influenciar a nuestros alumnos para que encuentren lo que los apasiona, queremos influenciarlos para que disfruten el aprendizaje, queremos influenciarlos para que tengan pensamiento crítico.

En mi caso específico quisiera influenciarlos para que sean personas íntegras, personas que escogen hacer lo correcto sin importar las circunstancias, muchachos que brillen en medio de la oscuridad, jóvenes que quieran seguir a Jesús y entiendan que Él debería ser la prioridad en sus vidas.  Pero, ¿Cómo podemos hacerlo?  ¿Cómo podemos influir en la vida de un adolescente?  ¡Todo se trata de relación!

El mayor obstáculo para alcanzar esta meta es que ponemos las prioridades en desorden.  Nos preocupamos por que participen, nos centramos en que entiendan la materia, los presionamos para que entreguen el trabajo, buscamos que pasen el curso en lugar de preocuparnos por estar con ellos cuando están pasando momentos difíciles o cuando están celebrando momentos de alegría. La influencia se da cuando los profesores aman a sus estudiantes y construyen relaciones con ellos.

“Es mucho más probable que nuestros estudiantes recuerden lo que les decimos mientras caminamos a la par de ellos, que cuando nos paramos al frente de ellos.” Duffy Robbins

Hay 4 cosas que me han funcionado como docente para conectar con mis alumnos y por consiguiente influir en sus vidas:

1.-    Escuchar:

dedicar tiempo para escuchar a nuestros alumnos nos da la llave de su corazón.  Cuando estamos dispuestos a conocerlos, cuando sabemos cuál es su película favorita, cuando estamos enterados de los problemas que están pasando, cuando nos tomamos el tiempo para evacuar sus dudas, cuando nos reímos de sus chistes, cuando compartimos sus sueños, cuando nos involucramos en sus proyectos o cuando lloramos con ellos se abre la oportunidad de enseñarles lo que queramos enseñarles porque nos ganamos el derecho de ser escuchados.

2- No juzgar:

todos nos equivocamos, desde el más chiquitito, hasta el más grande; ¡nosotros mismos, los adultos, nos equivocamos todo el tiempo!  Antes de juzgar, antes de corregir, antes de sacar conclusiones debemos darle el beneficio de la duda a nuestros estudiantes. Entre una acción y nuestra reacción hay unos pocos segundos, podemos escoger lo que ponemos en ese lapso de tiempo: juicio o misericordia. La decisión que tomemos puede cambiar completamente nuestra respuesta. Si actuamos con misericordia nos acercamos al corazón de nuestros estudiantes y nos ganamos su confianza.

3- Estar disponible:

este punto es más difícil porque muchas veces involucra sacrificio de terceros. Yo he decidido estar disponible para mis estudiantes.  Escojo poner a su disposición mi tiempo libre en el colegio, recreos, almuerzos; escojo permitirles que me llamen cuando lo necesiten; escojo prestarles mi casa si la necesitan; escojo invitarlos a un paseo o hacerles una cena; escojo tomarme un café o desayunar con los que quieran después de algún evento.  Es en esos momentos, fuera de la rutina diaria, donde pueden compartir más íntimamente y se nos abre la posibilidad de ayudarlos, aconsejarlos, orar por ellos y enseñarles el camino. No he experimentado nada más gratificante que poder aconsejar a un muchacho cuando lo necesita.

4-     No pretenda abarcar a todos:

es imposible tener una relación íntima con cada uno de sus alumnos en cada clase. Los jóvenes y los niños naturalmente se sentirán cómodos e identificados con algunos de sus profesores y nuestra tarea es brindarles a esos alumnos que nos buscan lo que ellos necesitan. No debemos sentirnos amenazados porque tenemos más química con unos estudiantes que con otros; es normal.  Algunos se van a sentir mejor acercándose a profesores más jóvenes, otros a los más extrovertidos, otros podrían preferir a los más deportistas, o a los más artistas, otros a los más espirituales. Somos un equipo y debemos trabajar en conjunto.

Para lograr influir en la vida de nuestros estudiantes no necesitamos actuar como adolescentes, ellos ya tienen amigos de su edad. Tampoco debemos tratar de ser sus padres, ellos ya tienen padres. En realidad necesitamos amarlos con todo nuestro corazón.

1 Tesalonicenses 2:8 “Los amamos tanto que no solo les presentamos la Buena Noticia de Dios, sino que también les abrimos nuestra propia vida.”.

Autora:
Andrea Ortiz es profesora de Core Values,
Lighthouse International School.

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